A melhor e mais eficaz defesa do meio ambiente é a propriedade privada. Esperanza Aguirre para The Objective:
Todos estos días estamos viendo en los telediarios al presidente del Gobierno posando ante las lejanas huellas de alguno de los devastadores incendios
que estamos sufriendo en España. Posando y dirigiéndose a los españoles
en un tono solemne y, también hay que decirlo, admonitorio, como un
predicador clásico.
Nadie puede negar la gravedad de esos incendios
y las consecuencias que llevan consigo. En primer y principal lugar,
para las personas. Como acabamos de ver, algunos bomberos y algunos
ciudadanos de los que luchaban contra el fuego han perdido la vida y ese es un daño irreparable y lamentable.
Además, son muchos los agricultores y ganaderos que se han encontrado
sus campos, sus prados, sus ovejas o sus vacas calcinados, lo que
significa, en muchos casos, su ruina, al menos para este año. También
sabemos que estos fuegos se han llevado por delante algunas viviendas,
dejando a sus propietarios sin ellas y sin todo lo que contenían. Todos
estos daños que tienen a las personas como víctimas son los más tristes,
y todo lo que se haga para ayudar a los damnificados a reparar en lo
posible la pérdida de sus bienes siempre será poco.
Además,
es evidente que estos incendios destruyen bosques, prados y zonas de
cultivo, que tardarán años en recuperarse, con lo que eso tiene de
destrozo del medio natural, lo que también es un motivo para lamentarse.
Las
causas de esos incendios pueden ser muchas y variadas. Dejando a un
lado las estrictamente delictivas, es decir, las acciones
malintencionadas de auténticos criminales, pueden ir desde la
irresponsabilidad de algunos, a los descuidos de otros, pasando, en
ciertos casos, por la desidia y los errores de las administraciones
municipales, autonómicas o nacional a la hora de prevenirlos o de
atajarlos, una vez desencadenados.
Por
todo ello, lo que uno podría esperar de las homilías que a diario
pronuncia el presidente del Gobierno ante las cámaras de televisión
sería que expresara su pésame por las pérdidas humanas y materiales, que
arremetiera contra los delincuentes e irresponsables que provocan estas
catástrofes, las que no son naturales, sino provocadas, que se
condoliera por el desastre ecológico que se ha producido y que, tras
reconocer los fallos, si los ha habido, en la gestión de las
administraciones públicas, anunciara qué cambios va a impulsar.
No
dudo de que, una vez en los lugares de los incendios desde los que
posa, dará el pésame y le informarán de las circunstancias del fuego y
de sus causas, siempre o delictivas o irresponsables. Pero luego, cuando
se pone ante las cámaras, las frases más rotundas que pronuncia, las
que recogen todos los medios de comunicación son de este estilo: «Quiero
trasladar una evidencia: el cambio climático
mata. Mata personas, mata nuestro ecosistema, nuestra biodiversidad y
destruye los bienes más preciados del conjunto de la sociedad que se ve
afectada por estos incendios, sus casas, sus negocios o su ganado».
Todo
esto pronunciado con un tono admonitorio y acusador. Sánchez, desde el
lugar de la catástrofe y para que quede bien claro, se dirige a los
españoles –y las españolas, por supuesto- para decirles que este
espectáculo terrible que ven ustedes detrás de mí es el producto de sus
pecados. Porque, al culpar del desastre que allí puede contemplarse al
cambio climático, lo que está afirmando, con la rotundidad de un
inquisidor medieval, es que ese cambio climático es consecuencia del
llamado calentamiento global del planeta. Debido a la perniciosa
actuación de los seres humanos que no profesan la religión
cambioclimática que él predica. La predica pero practica lo contrario: en su viaje a Extremadura utiliza uno de los helicópteros más potentes, el Puma, para ir, el Falcon para volver
(que previamente había ido vacío), su coche oficial y los de escolta
para moverse por allí, y el Puma vuelve de vacío para recogerle en
Torrejón y llevarle a La Moncloa.
Dejemos
que los científicos independientes estudien y debatan en profundidad,
sin prejuicios y sin presiones políticas o ideológicas lo que hay de
verdad en ese calentamiento del planeta y en la influencia que sobre
ello tiene la actuación del hombre.
Pero,
al hilo de los sermones de Sánchez, recordemos dos verdades que, éstas
sí, son indiscutibles. La primera, que la mejor y más eficaz defensa del
medio ambiente es la propiedad privada. Y hay que recordarlo porque
Sánchez preside un gobierno en el que hay comunistas declarados, que,
como tales, tienen entre sus objetivos irrenunciables abolir la
propiedad.
Y
la segunda verdad que hay que recordar está unida a esta primera, y es
la experiencia que los habitantes de la tierra tenemos de lo que han
hecho y hacen con el medio ambiente esos mismos comunistas. Basta
recordar la bestialidad que los soviéticos llevaron a cabo con el mar de
Aral, que pasó de ser uno de los mares interiores más extensos del
mundo a quedar reducido a su décima parte. O la lluvia ácida, que les
cayó en los bosques a los alemanes libres procedente de las chimeneas de
la Alemania comunista. Por no hablar de Chernóbil,
el ejemplo más sangrante de la falta de respeto de los comunistas por
el medioambiente y, aún más grave, por las personas, o lo que están
haciendo en China, de lo que ni siquiera tenemos noticias fiables.
Por
eso, escuchar al presidente de un Gobierno en el que hay ministros
comunistas cómo regaña a los que no nos creemos a pies juntillas el
dogma del cambio climático resulta, y la palabra puede parecer dura,
grotesco.
Porque
los incendios no los provoca el cambio climático por mucho que, desde
el púlpito, lo predique Sánchez. Culpar al cambio climático de estos
incendios tiene la misma base científica que tendría afirmar que son
debidos a la condición de gafe del presidente.
BLOG ORLANDO TAMBOSI

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